NO CONFUNDIR TRADICIÓN CON SENTIDO COMÚN (primera parte)

Nos venden como muy saludable nuestra dieta mediterránea, pero no debemos confundir eso con que nuestra dieta, la mediterránea, sea por entero correcta. Me encantan muchas cosas e ingredientes de este tipo de alimentación, pero en muchas ocasiones tenemos la conciencia de que algo es bueno porque todo el mundo lo hace, sin embargo si investigamos un poco podemos descubrir que ese algo que todos hacen es un hábito adquirido/aprendido cuyo origen pudo estar inventado o causado por motivos que han perdido fundamento o significado en la actualidad. En el próximo artículo propongo poner casos específicos de nuestras tradiciones supuestamente correctas que debemos revisar y razonar. Pero en esta ocasión mejor veamos un par de ejemplos en los cuentos clásicos:

 

“LA PATA DE CORDERO”. (Un cuento inventado o copiado por Anna Mascaró, descargado de internet)

Estaba una recién casada con una amiga en su cocina nueva preparando una pata de cordero para meterla al horno. La amiga, con gran interés, la miraba mientras ésta le enseñaba cómo prepararla; la cocinera, a la vez, leía la receta en una libreta dónde había anotado varias otras que su madre le había pasado antes de casarse. “Aliñas la pata de cordero con sal, aceite, romero, tomillo una cabeza de ajos… y ahora la voy a cortar por la mitad…”

Y coge un gran cuchillo y ¡¡zas!!: la parte por la mitad. La amiga atónita le pregunta: “¿Por qué haces eso?” y ella responde: “¡Pues, porque mi madre lo hacía!”; la amiga vuelve a preguntar: “¿Y por qué la corta por la mitad tu madre?” Se queda pensativa un momento y responde:

“Pues no lo sé… Se lo voy a preguntar”.

“Mamá, ¿por qué partes la pata de cordero por la mitad antes de ponerla al horno?” La madre le responde: “Pues no sé hija, la abuela lo hacía”. Minutos después, la abuela coge el teléfono y explica esto a su nieta cocinera: “Hay, niña mía, yo lo hacía porque los hornos antiguos eran más pequeños que los de ahora y la pata de cordero no cabía, de manera que la partía por la mitad y cabía estupendamente”

Este relato refleja el peso que tienen los condicionamientos adquiridos. ¿Quién no tiene en su vida ‘patas de cordero’? ¿En cuántas ocasiones hacemos cosas que hemos aprendido y que no nos cuestionamos porque es lo que hemos visto siempre, aunque vaya en detrimento nuestro?”

Otro ejemplo que más de uno se habrá preguntado: ¿porqué se comen uvas en fin de año?:

Existen diferentes explicaciones para esta tradición:

Una dice que todo comenzó en 1882. En esa época la clase burguesa solía beber champán y comer uvas durante la cena de Nochevieja. Un grupo de madrileños decidieron ironizar esta tradición acudiendo a la Puerta del Sol para comer uvas acompañados del sonido de las campanadas.

Otra teoría remonta la tradición a 1909. Ese año hubo muy buena cosecha de uva, y los productores decidieron dar más salida al producto vendiéndola como “uvas de la suerte”.

A lo largo de los años la tradición se ha ido puliendo. Hoy día mucha gente dice que las uvas simbolizan la abundancia y cada vez que se come una hay que pedir un deseo. En total 12 deseos.

Y por último el cuento más evidente de la estupidez, el absurdo o la ignorancia humana y hasta dónde puede llegar en ocasiones nuestro comportamiento cuando está falto de un poco de sentido común o de consciencia… un cuento zen: EL GATO DEL MONASTERIO

El maestro de zen y sus discípulos comenzaron su meditación de la tarde.

El gato que vivía en el monasterio hacía tanto ruido que distrajo los monjes de su práctica, así que el maestro dio órdenes de atar al gato durante toda la práctica de la tarde.

Cuando el profesor murió años más tarde, el gato continuó siendo atado durante la sesión de meditación. Y cuando, a la larga, el gato murió, otro gato fue traído al monasterio y siendo atado durante las sesiones de práctica.

Siglos más tarde, eruditos descendientes del maestro de zen escribieron tratados sobre la significación espiritual de atar un gato para la práctica de la meditación.

Lo cierto es que la misma historia viene relatada en el blog de Paulo Coelho con más detalle y entusiasmo:

“Un gran maestro zen budista, responsable por el monasterio de Mayu Kagi, tení­a un gato que era la pasión de su vida. Así­, durante las clases de meditación, lo mantení­a a su lado, para disfrutar lo más posible de su compañí­a.
Cierta mañana, el maestro – que era ya bastante viejo – apareció muerto. El discí­pulo de mayor grado ocupó su lugar. ¿Qué haremos con el gato? – preguntaron los otros monjes.
Como homenaje al recuerdo de su antiguo instructor, el nuevo maestro decidió permitir que el gato continuase asistiendo a las clases de budismo zen.

Algunos discí­pulos de los monasterios vecinos, que viajaban mucho por la región, descubrieron que en uno de los más famosos templos del lugar, un gato participaba en las meditaciones. Y la historia comenzó a correr.
Pasaron muchos años. El gato murió, pero los alumnos del monasterio estaban tan acostumbrados a su presencia que buscaron otro gato. Mientras tanto, los demás templos empezaron a introducir gatos en sus meditaciones: creí­an que el gato era el verdadero responsable de la fama y la calidad de enseñanza de Mayu Kagi, olvidando que el antiguo maestro era un excelente instructor.

Transcurrió una generación, y comenzaron a surgir tratados técnicos sobre la importancia del gato en la meditación zen. Un profesor universitario desarrolló la tesis – aceptada por la comunidad académica – de que este felino poseí­a la capacidad de aumentar el nivel de concentración humana y eliminar las energí­as negativas.

Hasta que apareció un maestro que tení­a alergia por los animales domésticos y resolvió retirar el gato de las prácticas diarias con sus alumnos.
Se produjo una gran reacción negativa, pero el maestro insistió. Y como era un excelente instructor, los alumnos continuaron con el mismo rendimiento escolar, a pesar de la ausencia del gato.
Poco a poco, los monasterios – siempre en busca de ideas nuevas y cansados de tener que alimentar a tantos gatos – fueron eliminando a los animales de las clases. En 20 años comenzaron a surgir nuevas tesis revolucionarias, con tí­tulos convincentes como “La importancia de la meditación sin el gato” o “Equilibrando el universo zen solo por el poder de la mente, sin la ayuda de animales”.

Pasó otro siglo y el gato salió por completo del ritual de la meditación zen en aquella región. Pero se necesitaron doscientos años para que todo volviese a la normalidad, ya que nadie se preguntó, durante todo ese tiempo, por qué el gato estaba allí­.